GOTELÉ

gotele

La noche que tu madre me dijo que ibas a llegar yo acababa de llegar de México. En las calles de Ciudad de México los olores son terribles. Parece como si el mundo entero se pudriese bajo los pies, y a cada paso, una bocanada de hedor insoportable supurase por el intersticio de cada baldosa que pisas. Por eso en México hay que pisar poquito, sin poner todo el peso. Y sin embargo, a lo largo de aquella noche, me desperté varias veces oliendo a canela, y a gotas dulces, y al final de la mañana las sábanas tenían la sensación de la piel caliente y tu madre reía en sueños.

Yo no te esperaba hasta dentro de mucho. Siempre he esperado que las cosas lleguen tarde. Intento no pedirle rapidez a la vida. Supongo que para poder acomodarme. Me sienta bien esperar, me tranquiliza, me hace enfocar las cosas, distenderlas, adaptarme antes de que lleguen. Es una forma de holgazanería como otra cualquiera. No sé qué te apetecerá ser, pero la reflexión puede ser tanto una manera de ser como la fórmula para llegar a serlo. La noche que me dijeron que ibas a llegar hacía un frío áspero, pero la casa ardía. Un calor extraordinario desde tu habitación a la nuestra, lamiendo la pared y mullendo las telas. Y ya te imaginé mirando el gotelé y encontrando un bestiario en el archipiélago de formas. Aún sé pocas cosas, pero sé que quiero pintar tu habitación de azul y la gota en blanco. Un gotelé liso. Quiero que encontremos juntos un mundo en la pared y rodeemos cada imagen con un rotulador Carioca siguiendo con suavidad el borde de la mancha. La noche que tu madre me dijo que ibas a llegar había una grandísima luna. La llaman súper-luna. Es cierto que el astro está muy cerca, pero lo demás es un efecto óptico. La mayor parte de las cosas de este mundo tienen que ver con cómo se las mira. Ser, son todas, pero lo que parecen, eso ya es otro cantar. Tú hace nada, mientras pisaba las baldosas renegridas de México, aún no existías. Si lo hubieras hecho, estoy seguro de que el olor a durazno habría invadido toda la Roma Norte, y habría dejado leves notas de limón sobre todos los abarrotes del mercado de Coyoacán. No existías y ahora existes. Eso no lo hace la apariencia. Eso sucede. Se siguen una especie de instrucciones, se juntan las piezas que llegan en la caja y se atornilla por donde se puede. Pero nunca sabes lo que va a salir, ni cuándo llegará. Pero tú no existes hasta que tu madre me lo dice. Y entonces todas las calles de esta ciudad y las carreteras que unen este mundo se empiezan a dibujar sobre las paredes de tu cuarto, ese azul con motas blancas sobre el que escribiremos tu historia y la nuestra, con un Carioca sobre el yeso, buscando el relieve, resaltando lo que ya existe porque lo hemos descubierto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s