CASTILLOS INTERIORES

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Hoy hemos ido a la ecografía de las doce semanas.

Escaleras arriba y abajo, estrechos pasillos, ascensores que parecen desplazarse en horizontal, clasemedianos como insectos por todas partes, una señalética que no la entendería ni Mariscal, desconchones en cada una de las paredes, fluorescentes de lavandería en Illinois, ni una puta silla, ni una puta fuente de agua, no he entendido nada.

Fue como aquel viaje a Corea del Sur que hice hace unos años: no entendí nada. Me vine sin saber siquiera si había estado en un bar, en un puticlub, en un karaoke o en una granja de gilipollas. Y estuve atento, pero no entendí nada. Nada del tablero donde se jugaba la partida, nada de las reglas que movían cada ficha, nada de las propias fichas, nada de los jugadores, nada de los turnos, los tiempos y las metas. Nada de nada. Bajo un luminoso de 30 metros cuadrados con el dibujo de unas bolas de billar y un taco golpeándolas, se abría un pequeño establecimiento donde cabía un mostrador y un coreano que sorbía noodles. Nada sobre el mostrador salvo la sopa y el móvil del coreano. Nada en las paredes, ninguna puerta, ningún acceso a metafísicos billares. No entendí al coreano, no entendí lo que vendía, no entendí el luminoso, como no entiendo los pasillos del hospital, los gestos de las enfermeras, los códigos de color de las batas. No entiendo nada.

Pero escribo esto para poner en orden mis ideas, para intentar despejar la x de la ecuación y seguir pensando en mi hijo, y en cómo se movía espasmódicamente en la pantalla.

Creo haber resuelto el nudo: es todo un problema de castillos interiores. No estás en el mismo edificio que los médicos y las enfermeras. La estructura mental es diferente. Hay una Corea del Norte en Corea del Sur. Tú sólo ves hilos que se entrecruzan, líneas en fuga, desorden, enfermedad, temor, caminos inextricables, pitidos ensordecedores de electrocardiogramas planos. Pero para ellos, para los médicos, que tienen perfectamente conceptualizado el edificio en el que trabajan, todo son líneas puras, superficies lisas, pantallas planas y nosotros, somos fantasmas, presencias en su castillo interior. Saben qué puertas se abren, saben dónde encontrar la muerte, en qué azotea fumarse un pitillo, cómo atajar por cardiología, a qué suero arrimarse. Conocen el lugar que desconoces. Eres una presencia que ni se molestan en evitar. Ellos ven su castillo, y seres translúcidos sin nombre ni dolor específico. Fantasmas que se confunden con las paredes. Ellos lo ven todo de color verde, con números cayendo en cascada. Han accedido a una realidad paralela, a una dimensión desconocida, a una verdad extrema. Y tú te deshaces en Mátrix, creyendo que los chuletones son chuletones y que las hipodérmicas hacen daño. Chocando contra muros y tropezando con camillas.

Por eso, cuando una ginecóloga te trata como una puta mierda y lo único que dice de tu futuro hijo es que “está vivo”, tú lo que quieres es quitarte la venda, empezar a ver, saber kung-fú, reventar al agente Smith e irte a la Nevicaneser a echarte un filter. Ellos ven y tú no. Tú estás en la misma fase embrionaria que tu hijo. Tú nunca has visto. Tú sólo estás vivo. Ni siquiera flotas en esa semiosfera en la que están ciertos individuos que se pasean en bata por el hospital. Ellos están mucho más cerca de conocer la verdad. Llevan días caminando a lo largo de los pasillos de esta Dark City, ya han asimilado el dolor y la incertidumbre, han comenzado a sentir realmente los muros que les atrapan, a tener respuestas sobre la vida. Saben dónde acaban los largos corredores, han tocado durante un pequeño lapso de tiempo las únicas ventanas que se abren en este edificio orgánico. Han visto luz a través de las últimas mamparas y están a un paso de saber porque creen. El dolor y el caminar les han hecho creer. Son los únicos que pueden mirarnos a nosotros y a los médicos, los únicos que están entre dos mundos.

Y es así como verdaderamente da comienzo mi paternidad: con las ganas de ver y despertar, y entender. Entender de una vez por todas. Pero sin bata.

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